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lunes, 22 de septiembre de 2014

¿Quién plantó la semilla del diablo?


Copio en el blog este articulo de Carlos Sánchez, director adjunto de El Confidencia, porque en mi opinión es muy interesante y puede ayudar a aclarar un poco las cosas, aunque hay en el algunos puntos con los que podría discrepar.

¿Quién plantó la semilla del diablo?

El economista Jesús Fernández-Villaverde (inexplicablemente todavía fuera del Gobierno) rescataba hace unos días un prodigioso aforismo del filósofo danés Soren Kierkegaard, de quien Pío Baroja decía que era “un tipo muy poco explicable para un meridional”. El conocido aforismo hace referencia a lo que imaginariamente sucedió en un teatro tras declararse un incendio entre bastidores.
‘En ese momento’, decía Kierkegaard, ‘el payaso salió al proscenio para dar la noticia al público. Pero éste creyó que se trataba de un chiste y aplaudió con ganas. El payaso repitió la noticia a los espectadores, esta vez con mayor firmeza, pero los aplausos fueron todavía más jubilosos. Así creo yo’-sostenía el padre del existencialismo- ‘que perecerá el mundo: en medio del júbilo general de la gente respetable, que pensará que se trata de un chiste”. Baroja, con razón, sostenía que Kierkegaard era “un hombre tan triste como su apellido (cementerio)”.
Lo era. Pero lo que está fuera de toda duda es que el sabio danés acertaba cuando situaba en la incredulidad el origen de muchas catástrofes. O dicho desde otro ángulo: la ausencia de credibilidad de los protagonistas de la cosa pública (como le sucedía al payaso de Kierkegaard en medio del incendio) está detrás de una corriente de fondo (no es un movimiento coyuntural) que recorre Europa sin que, por el momento, nadie -o casi nadie- sea capaz de prever o, incluso, identificar el nacimiento de algunas catástrofes.
Hace cinco años apenas el 17% de los catalanes se declaraba a favor de la creación de un Estado, mientras que al comenzar el desafío soberanista, ese porcentaje se había duplicado. Hoy, alrededor del 45% de los votantes se inclinaría por la creación de un Estado catalán
Y el hecho de que el continente celebre con alborozo que Escocia haya dicho 'NO' a la independencia es probable que esconda una trágica realidad. Cuando se convocó el referéndum, hace apenas un año, el porcentaje de escoceses favorable a la secesión apenas representaba la tercera parte de los electores. Hoy, el dimitido Alex Salmond puede acreditar que casi el 45% está a favor de la independencia. Inimaginable hace muy poco tiempo.
Algo parecido sucede en Cataluña, donde hace cinco años apenas el 17% de los catalanes se declaraba a favor de la creación de un Estado, mientras que al comenzar el desafío soberanista ese porcentaje se había duplicado. Hoy, sin embargo, según el CIS catalán, nada menos que alrededor del 45% de los votantes -un porcentaje similar al de Escocia- se inclinaría por la creación de un Estado catalán. Por cierto, con una singularidad. El granero de votos del independentismo está ahora en la izquierda (PSC o IC) y no en la derecha, que ha girado del catalanismo al nacionalismo radical. Algo falla en la izquierda cuando cree que los problemas se solucionan con más nacionalismo.

El funcionamiento de la democracia.

Habrá, sin embargo, quien piense que detrás de este movimiento hacia la independencia lo que existe es un virus nacionalista; pero tanto en Escocia como en Cataluña lo que en realidad se ha inoculado es el sarampión del hartazgo político. Y lo que hace el nacionalismo (como el populismo) es canalizar el malestar que existe en amplias capas de la sociedad sobre el funcionamiento de la democracia.
Ese es el caldo de cultivo -parece una obviedad- en el que florece el nacionalismo. De hecho, es muy probable que si se pregunta a los ciudadanos que apoyan la independencia si se sienten nacionalistas –el 71% de los menores de 18 años votó ‘SÍ’ en Escocia’- es casi seguro que el porcentaje bajaría de forma relevante respecto de quienes votan la secesión.

Para encontrar una explicación racional al florecimiento del nacionalismo merece la pena rescatar el último informe de Global Democracy -una organización no gubernamental con sede en Viena- en el que a partir de una serie de variables se puntúa lo que en la jerga política se suele denominar ‘calidad de la democracia’. Y los resultados son elocuentes. España ocupa el puesto número 17 del mundo y Reino Unido, el 14. En ambos casos, con una cierta tendencia a la baja que ha sido especialmente visible en los últimos años, justamente los de la crisis y la recesión, en los que la desigualdad y el descrédito de la política no han hecho más que crecer.
Es evidente que medir la calidad de una democracia no es fácil. Pero al hacerse sobre una serie de indicadores homogéneos -los derechos políticos, las libertades civiles, las diferencias de género, la libertad de prensa, la corrupción, la estabilidad del Gobierno o el funcionamiento de los partidos políticos-, se puede llegar a conclusiones valiosas.
La más evidente es que los diez mejores países del mundo (salvo Nueva Zelanda) son los del centro y norte de Europa, donde los niveles de desigualdad son menores. Es decir, que hay una evidente relación entre cohesión social y económica -que no es incompatible con el crecimiento económico- y calidad de la democracia. Por lo tanto, parece evidente que detrás de los nuevos nacionalismos –muy diferentes a los de correaje que pulularon por Europa hace un siglo- se encuentra una determinada forma de hacer política que se olvida de los ciudadanos y de los problemas que antes solucionaba el Estado y ahora se marginan.
O dicho en palabras del economista Robert Skidelsky, cuando triunfa el “fundamentalismo del mercado” la gente se siente defraudada y se agarra a cualquier ideología, por muy nociva que sea. Es lo que sucede cuando no se cumplen las promesas del capitalismo liberal. El empleo y esas cosas.

Nombres y apellidos.

Tanto en el Reino Unido como en España, el fracaso tiene nombres y apellidos. El laborismo de Blair, que acabó por desacreditar las políticas de izquierda con el deterioro de los servicios públicos (ese es el espacio que ha ocupado Salmond en Escocia, donde históricamente había ganado el laborismo); el Tripartito catalán, que fue un auténtico naufragio que sólo sirvió para empobrecer a amplias capas de la población mediante políticas suicidas y construir un discurso hueco; la intransigente política económica diseñada desde Alemania para salvar sólo a los acreedores y no a los ciudadanos o, incluso, la irresponsabilidad de muchos políticos que en vez de conjurarse para apuntalar las instituciones -como el Tribunal Constitucional- llaman a la insumisión.
Los diez mejores países del mundo (salvo Nueva Zelanda) son los del centro y norte de Europa, donde los niveles de desigualdad son menores. Es decir, que hay una evidente relación entre cohesión social y económica -que no es incompatible con el crecimiento económico- y calidad de la democracia. Sin olvidar las políticas de Cameron, la burocracia de Bruselas (que ha alimentado fenómenos como el del UKIP en el Reino Unido) o, en el caso español, el demencial proceso estatutario en Cataluña, que propició -y eso fue lo más preocupante- una ruptura del consenso constitucional por la irresponsabilidad de Zapatero y Mas y el egoísmo de Rajoy para ganar votos negándose a ver lo que era evidente: que algo se movía en Cataluña.
Lo más tremendo, sin embargo, es que los gobiernos en vez de preguntarse por qué florece el nacionalismo, siguen regándolo con políticas equivocadas. Unos instando a la convocatoria de consultas populares sobre problemas que deberían resolver los políticos a partir de una democracia verdaderamente representativa, y otros poniéndose de perfil ante los evidentes cambios que se están produciendo en una sociedad inevitablemente dinámica y que reclama otra forma de hacer política, con menos corrupción y más atenta a los problemas sociales. En última instancia, una política que resuelva los problemas de la gente y no los cree favoreciendo a minorías privilegiadas.
Los nacionalismos, por lo tanto, no son la causa de los problemas, sino la consecuencia de malas decisiones. Y sólo la democracia -ahogando los adoctrinamientos- puede salir al rescate de la propia democracia. De lo contrario, es probable que el payaso de Kierkegaard deje de ser una metáfora.

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